México y Marruecos, sedes de riqueza culinaria culinaria y cultural

México y Marruecos comparten una profunda riqueza histórica y cultural; a través de su gastronomía se refleja esta particular identidad llena de olores, sabores y colores que no pasan desapercibidos por los miles de turistas que los visitan cada año. En fechas recientes, la creación de un grupo de amistad entre estas naciones bajo la tutela del Excelentísimo Embajador Abdelfattah Lebbar, abre la puerta para el encuentro de estas dos culturas en un ámbito diverso y variado siendo la gastronomía una de las banderas más llamativas.

Ambas cocinas comparten una característica muy particular: en su simplicidad encierran una paradójica complejidad. A través de la diversidad de sus ingredientes, que encuentran en preparaciones simples la riqueza de sus sabores, la cocina marroquí, como ha sucedido con la mexicana, se abre paso en el mundo. El cuscús es quizás es una de sus banderas más representativas, y así como el chile en nogada mexicano –cuya temporada acabamos de disfrutar hace apenas unas semanas–, los tacos o los tamales, refleja en sus distintas variantes de preparación la región de su procedencia. La cocina marroquí es también un entrelazado de la influencia árabe y mediterránea, como la mexicana que se enriqueció con la influencia e ingredientes venidos del viejo continente.
Pero no son los ingredientes, sus platillos o sus recetas lo que componen únicamente la riqueza de la cocina de ambos países sino lo que significan para las personas. Ambas cocinas tienen una profunda raíz familiar; la gastronomía mexicana y la marroquí son familiares, están pensadas para disfrutarse no en la soledad de la mesa sino en la armonía de la familia y la amistad.
Así mismo, como había sucedido con la cocina mexicana hasta hace muy poco (en la actualidad, reconocidos chefs mexicanos como por ejemplo Ricardo Muñoz Zurita, han dedicado parte de su labor a la investigación y rescate de las tradiciones, uso de ingredientes y recetas tradicionales) las recetas se transmitían principalmente de manera oral; es decir, en el ámbito más íntimo de las personas, convirtiendo esta práctica, no sólo en una forma de compartir y perpetuar el conocimiento culinario, sino también los orígenes de tradiciones culturales que han estado vigentes por siglos.

Para los marroquíes, el pan puede considerarse como la tortilla para el mexicano. Un pan que suele elaborarse en las casas, igual que las tortillas. Quien haya tenido oportunidad de recorrer los pueblos de México, se habrá dado cuenta del comal siempre encendido; la elaboración de las tortillas es casi como un eterno ritual que, absorto entre el aroma de la leña y del maíz, engalana las sencillas comidas del campesino, pero que produce envidia hasta en los más afamados sibaritas. La tortilla y el pan, para estas dos naciones, no son sólo alimento que acompaña a las comidas sino también cubierto e instrumento para las mismas. El taco y el kebab se hermanan como alimento del cuerpo y del espíritu, la importancia y usos del pan y la tortilla en la comida diaria quedan de manifiesto sobre la mesa y en el orgullo de los corazones.
La amistad de dos pueblos apartados por la distancia y separados por los océanos tiene posibilidades inmensas de fraternidad; ofrece oportunidades en el campo de la agricultura, de la pesca, de la energía, de los fertilizantes para aumentar la producción del campo mexicano y lograr así más y mejores cosechas. En el campo de turismo Marruecos ofrece variedades infinitas en un sector con grandes posibilidades de crecimiento y que, en contraparte, encuentra en México una industria consolidada y una riqueza natural privilegiada a nivel mundial. Los puentes que hoy se construyen a través de un grupo de amistad, pueden, sin lugar a duda, convertirse en carreteras de desarrollo económico, social y cultural en donde la gastronomía hace las veces de anfitrión en ambos lados del océano y el turismo, con las riquezas naturales y culturales de ambos países, un marco inigualable.

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